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Reflexiones de Vida

Mira mi torpeza Señor, hoy quiero ser el último. Hoy quiero pasar por lo que pasaste, hoy quiero sentirme más cristiano, más como tú.

Hoy me siento interpelado por tus acciones, hoy me siento más enamorado de ti. Pero hay un problema, es mi humanidad, es la imposibilidad de amar, la difícil tarea de amar como tú. Sí, como lo hiciste tú, hasta morir.

Hoy mi corazón se parte en dos, hoy siento ganas de llorar, de decirte lo mucho que te quiero. Que aunque se me haga difícil demostrártelo con hechos, yo siempre te he amado. Sé que lo sabes, porque eres Dios. Así como también sé que sabes la lucha que llevo conmigo mismo. La lucha interminable contra mi hombre viejo, contra mi natural humanidad que me arropa y me arranca de tu presencia Señor.

Hoy quiero decirte que te amo, que a pesar de mis debilidades tú eres mi Dios, que no soy ateo, que creo en el Dios de Abraham, de Jacob, que creo en el Dios de los pobres, en el Dios que es todo amor y misericordia.

Hoy quiero seguirte y no regresar jamás. Hoy quiero perderme en tu cruz, en la inmensidad de tus brazos abiertos. Hoy quiero ser parte de tus espinas, de cada una de tus llagas. Hoy quiero tener muerte de cruz.

Aprendí que las personas que más amamos, y en las que más confiamos

son las que nos traicionan y nos golpean con más fuerza.

Aprendí que mientras más confiamos más propensos a que nos dañen estamos.

Aprendí que las personas solo buscan su propio interés, que solo te utilizan para su

propio beneficio, que solo te utilizan como una herramienta para lograr sus objetivos.

Aprendí que si estás con Dios nada te puede dañar.

Aprendí que duele mucho creer en una persona y que luego te arranque la túnica

y te deje desnudo.

¿Vas a trabajar, Francisco?

¿Quién eres tú, Francisco I? ¿Por qué me sorprende tanto verte? ¿Por qué es tanta la expectativa a tu alrededor? ¿Qué es lo que vas a hacer? ¿Vas a trabajar?

Todas las mañanas, cuando llevo a mi hermana a la escuela, rezamos un Padrenuestro y luego un Ave María. No conozco muchas más oraciones, y de hecho, son esas las que más nos gustan, por su sencillez y su universalidad. Las puede rezar cualquiera.

Por eso, hoy que estaba en mi casa, viendo al nuevo Papa, sentí algo muy extraño cuando escogió rezar exactamente lo que yo, y millones de católicos rezamos a diario. Sentí algo muy extraño cuando me di cuenta que el nuevo Papa me estaba haciendo orar, no sólo gritar o vitorear su nombre. Sentí algo muy extraño cuando me pidió que yo, lo bendijera y pidiera por él, al igual que mis demás hermanos, antes incluso de darme la bendición. Sentí algo muy extraño al verlo salir sin tantos adornos, sencillo, con gestos no de celebridad, sino de siervo. Con una sonrisa que esconde tantos años de trabajo. Y vaya, que hoy, sentí que a mis 23 años, cuanto me hace falta trabajar.

Bienvenido Francisco, a una Iglesia que está en crisis, pero que lo ha estado desde el primer día que fue instituida y que lo estará hasta el día que se termine el mundo. Bienvenido a un mundo que te atacará, lleno de gente que no piensa como tú, y gente que odia lo que tú crees. Bienvenido a un pueblo que te juzgará, inclusive dentro de tu misma casa. Bienvenido al trabajo.

La nieve caía silenciosamente, como plumas a la deriva, y pronto cubrió de blanco la tierra grisácea y sucia. Había estado nevando toda la noche y yo miraba desde la ventana de mi estudio, con el corazón cálido y reposado, la primera nevazón de invierno. Era el día siguiente al día de Acción de Gracias, y la nevada me dio el pretexto que yo necesitaba para reducir la velocidad de mi atareada agenda, y tomar el tiempo necesario para disfrutar con mi familia.

Aquel año, como siempre, teníamos muchas razones para estar agradecidos. La mano del Señor había sido tan evidente sobre nuestras vidas y ministerio que sólo podíamos inclinarnos ante Él con corazones agradecidos, reconociendo en silencio que Él había sido el autor de todo ello.

La preciosa calma de esa mañana fue rota de pronto por el sonido insistente del teléfono. Fue el primer eslabón de una pesada cadena que pronto iba a envolverme en desesperación y dolor; porque la voz en el otro extremo de la línea me informó que un gran problema había entrado en mi vida. Se habían producido circunstancias que ponían en peligro todo mi ministerio, así como la ruina potencial de mi vida personal y familiar.

Las 11 reglas de la vida que tus hijos no aprenderán en la escuela

Bill Gates volvió recientemente a su antiguo instituto a dar un discurso a los alumnos, y entre todas las cosas que les dijo recalcó 11 reglas de vida para que tuvieran en cuenta los chicos:

Regla Uno- La vida no es justa, acostúmbrate a ello.

Regla Dos- Al mundo no le importará tu autoestima. El mundo esperará que logres algo, independientemente de que te sientas bien o no contigo mismo.

Regla Tres- No ganarás US$5.000 mensuales justo después de haber salido de la escuela, y no serás el vicepresidente de una empresa, con coche gratis, hasta que hayas terminado el instituto, estudiado y trabajado mucho.

Regla Cuatro- Si piensas que tu profesor es duro, espera a que tengas un jefe. Ese sí que no tendrá vocación de enseñanza ni la paciencia requerida.

Regla Cinco- Dedicarse a voltear hamburguesas no te quita dignidad. Tus abuelos tenían una palabra diferente para describirlo: le llamaban oportunidad.

Este cuento escrito en mi infancia lo he relatado muchas veces, y lo sigo haciendo para crear un ambiente de reflexión sobre Dios.

Un profesor descubre un niño leyendo un pequeño libro sobre Dios mientras esta en clase, y le pregunta porque lee ese libro, el niño le responde, estoy leyendo sobre Dios, el profesor le responde que pierde el tiempo, porque Dios no existe, a esa afirmación el niño le dice que si existe, entonces el profesor le desafía a que lo pruebe y le da algunos ejemplos triviales, que dos naranjas más dos naranjas son cuatro y eso es probable y demostrable, pero la existencia de Dios no, entonces el niño le pide una demostración a su manera, el profesor accede. El niño saca de un bolso una naranja, le quita la cáscara, la aprieta un poco para extraer el jugo y la degusta, luego la desgaja y degusta una parte, luego le pregunta, al profesor, ¿maestro, que sabor tiene este gajo?, él responde; “no lo sé”, el niño le pregunta: ¿Y porque no lo sabe”, el profesor le responde; “muy sencillo, pues no lo he probado”, y el niño le dice, esta es mi prueba, usted no ha probado la existencia de Dios, no la ha saboreado, por eso no sabe que gusto tiene, yo si lo he hecho y sé que sabor tiene, pruebe y verá y conocerá su sabor.

Una psicóloga en una sesión de gestión de estrés levantó un vaso de agua, todo el mundo esperaba la pregunta:

¿Está medio lleno o medio vacío?

Sin embargo, ella preguntó

¿Cuánto pesa este vaso?

Las respuestas variaron entre 200 y 250 gramos.

Pero la psicóloga respondió: "El peso absoluto no es importante, depende de cuánto tiempo lo sostengo. Si lo sostengo 1 minuto, no es problema, si lo sostengo una hora, me dolerá el brazo, si lo sostengo 1 día, mi brazo se entumecerá y paralizará. El peso del brazo no cambia, pero cuanto más tiempo lo sujeto, más pesado se vuelve.

Ya empezó su trabajo la escuela

y es preciso elevarte a lo azul

relicario de viejos amores,

mientras reine la mágica luz.

Nos sentimos arder a tu influjo

la luz viva de un fuego interior

cuando flotas alegre, besada

por los calidos rayos del sol.

¡Dios!, parece decir, ¡oh bandera!

la sublime expresión de tu azul;

¡Patria!, el rojo de vivida llama;

¡Libertad!, dice el blanco en la cruz.

Mientras haya una Escuela que cante

tu grandeza bandera de amor,

flotaras con el alma de Duarte

vivirás con el alma de Dios.

   
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